Y
allí estaba de nuevo. Después de tantos años, aún conservaba su
gracia.
Corríamos
entre los pasillos, los techos, a los saltos entre sillas,
libustrinas y muros de terminaciones antiquísimas.
Reíamos,
no sé por qué; alternando el ánimo con algunos momentos de
desesperación cuando se presentaron obstáculos que sortear (como
siempre sucede cuando uno lo pasa bien).
No
la recordaba. Honestamente, pienso que la había olvidado. En mi
memoria, mucho menos en mi conciencia, no tenía rastros de ella.
Por más que me interrogasen o indujeran durante años. Resultó una
grata sorpresa el reencuentro.
Mucho
tiempo había pasado hasta que un día como hoy, lluvioso de
invierno, retornase de la nada. Fue totalmente inesperado.
Era
rubia, diría castaña. Tenía el pelo recogido, con su delantal
blanco. No puedo describir su rostro, pero era hermoso. Probablemente
reflejaba la última imagen que tuve de ella. La última vez que la
vi, si es que alguna vez así fue.
Desde
lo más profundo de mi ser agredecí esta nueva oportunidad. Tuve que
luchar por ella. Escenas sin sentido querían arrebatármela, pero
sin éxito.
Cerca
del final estrechamos nuestras manos sin darnos cuenta,
automáticamente. Con mi palma derecha tomé su brazo izquierdo, en
modo fraternal, instintivo. Yo no me di cuenta de que, probablemente,
nunca más volvería a verla, a escuchar esa voz que no oía, esa
boca que gesticulaba sin emitir sonido. Sin embargo la escuchaba de
todos modos, sabía lo que me decía. Me advertía sin perder la
sonrisa. Aunque desperté sin recordarlo.
Y
todo sucedió tal como aquel día, casi diez años atrás, cuando la
soñé por primera vez.
Afuera
llovía a cántaros, la tormenta matinal era tremenda.
Atónito,
un dolor punzante se acrecentaba en mi pecho. Algo hermoso había
pasado, y no lograba disfrutarlo. Tenía una certeza que provocó mi
llanto.
Ella
había estado de nuevo. Aún conservaba su gracia.
Enseguida
comprendí que nunca más volvería a verla. Sólo fue un sueño, el
más lindo de mi vida. Y no habría tercera vez.