Sobre la vereda, diecisiete personas en
la fila del colectivo. Ubicado, el joven contaba desde el último
asiento, sobre la izquierda. A contramano del resto.
Por una pequeña abertura de la
ventana, la intensa y agradable brisa introducíase entre los botones
de la camisa refrescando su espalda. A su derecha, dos mujeres
adultas en asientos continuos. Una hablaba enérgicamente por
celular, la otra mantienía la mirada perdida en el suelo, con las
manos entrelazadas sobre el regazo. De pie, dos jocosas jóvenes, no mayores de veinticinco años, entablaban una fluida conversación intentando no ceder a los tumbos del vehículo.
La plazoleta lucía radiante bajo el
esplendor del otoño. Ese sol que no pica, reconforta. El pasto
mantenido al raz y bancos muy coloridos ofrecen una noble sensación
de bienestar.
Ya sobre la avenida, la congestión
era inevitable. La mujer de al lado acababa de cortar el teléfono.
Su compañera la miró con fingida sonrisa y bajaron en la siguiente
parada. A pasos largos entraron a una alta torre gris. Sobre un
lado del edificio, la luminosidad pegaba de lleno.
Tomó el teléfono.
-Hola ¿Cómo estás? Yo estoy en
camino...
El ruido del motor era ensordecedor.
-¿Te parece...? Sí, quedate
tranquila. No va a pasar nada, por una vez... El día está precioso.
No lo había previsto. El dinero que
llevaba sólo alcanzó para un libro, la botella de jugo y unas
galletas: lo esencial.
Ambos regresaron tarde, en silencio.
Esa tarde se besaron mucho. Esa
tarde, se sintieron libres.
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