domingo, 16 de septiembre de 2012

Recorrido




  Sobre la vereda, diecisiete personas en la fila del colectivo. Ubicado, el joven contaba desde el último asiento, sobre la izquierda. A contramano del resto.
  Por una pequeña abertura de la ventana, la intensa y agradable brisa introducíase entre los botones de la camisa refrescando su espalda. A su derecha, dos mujeres adultas en asientos continuos. Una hablaba enérgicamente por celular, la otra mantienía la mirada perdida en el suelo, con las manos entrelazadas sobre el regazo. De pie, dos jocosas jóvenes, no mayores de veinticinco años, entablaban una fluida conversación  intentando no ceder a los tumbos del vehículo.
  La plazoleta lucía radiante bajo el esplendor del otoño. Ese sol que no pica, reconforta. El pasto mantenido al raz y bancos muy coloridos ofrecen una noble sensación de bienestar.
 Ya sobre la avenida, la congestión era inevitable. La mujer de al lado acababa de cortar el teléfono. Su compañera la miró con fingida sonrisa y bajaron en la siguiente parada. A pasos largos entraron a una alta torre gris. Sobre un lado del edificio, la luminosidad pegaba de lleno.
  
  Tomó el teléfono.

  -Hola ¿Cómo estás? Yo estoy en camino...
  El ruido del motor era ensordecedor.
  -¿Te parece...? Sí, quedate tranquila. No va a pasar nada, por una vez... El día está precioso.
  No lo había previsto. El dinero que llevaba sólo alcanzó para un libro, la botella de jugo y unas galletas: lo esencial. 
  Ambos regresaron tarde, en silencio.
  
  Esa tarde se besaron mucho. Esa tarde, se sintieron libres.

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